MELÉNDEZ VALDÉS

El príncipe de la poesía castellana del siglo XVIII se llamó Juan Meléndez Valdés. El lenguaje literario neoclasicista de sus obras no sólo deleitó a sus contemporáneos sino también a posterio­res entusiastas y conocedores de tan noble arte. Meléndez contribuyó al robustecimiento de la "oda”, haciéndose un hueco en el campo lírico y alcanzando renombre como profesor de cátedra, defensor de justicia, economista y Consejero de Estado. Por su parte, siempre estuvo rodeado de amigos como Jovellanos, Forner, Godoy, Moratín, Cadalso y a otros muchos que le dieron su apoyo en los momentos más difíciles, principalmente en los días que precedieron a su exilio.

Su esposa no fue lo que el joven poeta hubiera deseado, tal es el caso de algunas descrip­ciones hechas de Doña María Andrea de Coca por algunos amigos de Meléndez como una mujer egoísta y poco cariñosa.

La invasión napoleónica (1808) le pone en el mayor de los apuros, puesto que entra en con­flicto su amor a la patria con su afrancesamiento. Quería para España una incipiente europeiza­ción, es decir, que nuestro Estado-Nación se igualara en progreso, bienestar y cultura al resto de los principales Estados europeos occidentales. Tal fue su convencimiento que estuvo a punto de ser ahorcado en Asturias cuando pretendía convencer al pueblo sublevado de que aquella inva­sión, estaba a favor de los intereses de su patria.

Finalmente, con el comienzo de la etapa liberal (1810-1814), Meléndez fue exiliado a Fran­cia. Con esperanza escribió al nuevo Rey español, Fernando VII, y a algunos de sus antiguos amigos, para que le permitieran su regreso aunque todo fue inútil. A todo esto se unió su débil salud y la aflicción por el destierro que lo llevarían a la muerte el 24 de mayo de 1817.

Según Demerson, la fisonomía de Meléndez se caracterizaba por su «faz ovalada y de faccio­nes acusadas, mandíbula ancha, blancura de tez, mejillas coloreadas, además de frente amplia y muy despejada que reflejaba inteligencia y aptitud para la reflexión. Su nariz, de punta gruesa y redondeada daba paso a unas aletas vigorosas y separadas. Traducía una viva sensibilidad que rubricaba en una boca sensual, y sus ojos azules pero que se tornarían oscuros con la edad eran penetrantes y bondadosos». Pese a llevar una vida peregrina, nunca perdió el eje extremeño. Por último era un trabajador de trato agradable, con una personalidad sensible y más bien tímido.

Juan Meléndez Valdés nace el 11 de marzo de 1754 de una familia acomodada y religiosa. La unión de Juan y María dará como fruto ocho hijos, de los cuales cinco fallecieron, sobreviviendo Esteban, Agustina y Juan. Doña Agustina contrajo matrimonio con Don Pedro de los Reyes, del que tuvo una hija llamada María que fallece a los 33 años de una fiebre desconocida. La hermana de Juan murió con más de noventa años y se ignora si dejó descendencia.

Juan es enviado a Almendralejo para continuar los estudios primarios, siendo en esta ciudad donde fallecerá su madre a la edad de 47 años. Tras la muerte de María, es enviado a Madrid al amparo de su tío Valdés.

En 1767 inicia los estudios de Filosofía en la Escuela de Santo Tomás y aprende griego y filoso­fía moral en los Reales Estudios de San Isidro. Tres años después, se dirige a Segovia donde se en­contraba su hermano Estaban, Secretario de la Cámara del Obispo segoviano, y será allí donde re­ciba consejo y protección de Don Alonso de Llanes para continuar sus estudios y no desperdiciar las admirables y destacadas cualidades de nuestro poeta. Finalmente, influido por su hermano y amigos, decide estudiar derecho y griego en la Universidad de Salamanca, donde conoce al literato Cadal­so, que aparte de enseñarle varios idiomas, le ofrece su imperecedera amistad.

En 1774 muere su padre y es enterrado en la capilla de la Iglesia de la Virgen del Valle, en Ribera del Fresno. Tres años más tarde muere su hermano Esteban. Un manto de tristeza nubla la vida de Meléndez que a los 23 años siente los primeros síntomas de la tuberculosis. Para recupe­rarse de dicha enfermedad, su joven amiga salmantina «Ciparis», le cede su casa de campo y mientras el joven «Batilo» está convaleciente se enamora por primera vez.

A su regreso a Salamanca obtiene el grado de bachiller en Derecho, lee los clásicos latinos y griegos, escribe versos cortos que envía a Jovellanos y aún le sobra tiempo para seguir con su azorante vida universitaria en campos como Derecho, Letras, Historia y Bellas Artes. Meléndez nunca dejará al margen su pasión y gusto por los libros que era tan impresionante que se llegó a valorar su biblioteca en 35.000 reales.

Toda su dedicación al conocimiento se verá recompensado cuando en 1779 cubre una plaza en la Facultad de Lenguas Clásicas de la Universidad de Salamanca.

La égloga «Batilo», com­puesta por 598 versos, fue pre­sentada en la Real Academia y con ella obtiene el primer pre­mio. Su cargo en la Universi­dad es compatible con su tra­bajo en el bufete dirigido por Don Manuel Blegua, abogado de los Consejos Reales y tam­bién profesor de Universidad.

En 1781 se traslada a Ma­drid, alojándose en la casa de su amigo Jovellanos. Durante este período la Academia de San Fernando le otorga un premio por su oda «La Gloria de las Artes».

1782 fue un año importan­ te para el Batilo -seudónimo poético de Meléndez- que recibe el grado de licenciado y de doctor en Derecho. En febrero de 1783 contrae matrimonio con Doña María de Coca y Figueroa, diez años mayor que él, mujer virtuosa pero egoísta. El matrimonio, a pesar de no tener hijos, fue re­lativamente feliz, si bien el carácter de Doña María no conjugaba con la vida de Meléndez.

Entre 1784 y 1785 estrena en el Teatro de la Cruz, con escaso éxito, «Las bodas de Camacho, el rico». Por su parte, publica su primera edición de poemas, bajo el nombre de «Poesías», y que fueron calificadas de soberbias. Aparte de todas las obras expuesta hasta el momento, a lo largo de su vida, Meléndez Valdés publica: «El amor mariposa», «Del vivir de las flores», «Rosana en los fuegos», «La prosperidad aparente de los malos», etc.

En la Universidad de Salamanca propugna la reforma de la educación superior universitaria. En su monografía se observa que el poeta toma perfectamente cuenta de la situación de crisis que vivía España. Influido por las ideas liberales de Montesquieu y Rousseau, que alcanzan su máxima expresión en la Revolución Francesa, se forja en la postura ideológica-política denomina­da «cristianos ilustrados» que vendría a ser una mezcla de tradición cristiana e ilustración innovadora. Esta filosofía podría resumirse en una frase «tomar lo bueno de lo viejo y lo bueno de lo nuevo» (José Luis Comellas). Por su parte, es considerado como un afrancesado, es decir, un hombre moderado que como mencioné con anterioridad desea para España reformas liberales realizadas desde el gobierno y no desde el pueblo, es decir, prefiere la evolución a la revolución. Su espíritu absolutista ilustrado le hace no preocuparse demasiado de los principios y sí de la enseñanza y de las obras públicas. Era más bien pragmático. Por último, Meléndez es contrario a elementos clericales y a la Inquisición, ideas por las cuales fue desterrado a Medina del Campo.

En 1789 es nombrado magistrado en la Real Audiencia de Zaragoza. Su compasión por los casos que juzgaba y las ayudas que ofrecía a las familias de algunos reos eran patentes. Du­rante un juicio señaló: «es mejor prevenir el delito que castigar al delincuente». Por otro lado, Meléndez participó en debates de la Sociedad Económica Zaragozana con resultados positivos.

Es en esta ciudad cuando escribe uno de los mejores discursos de su vida dirigido a la se­sión solemne de 1791, como reflexión de apertura a la Nueva Audiencia en Cáceres, en el que se demuestra su cariño a Extremadura.

En ese año ocupa el puesto de Oidor de la Real Cancillería de Valladolid, cargo que quebrantaría la cabeza de Meléndez al comisionarle para la fusión de cinco hospitales en la misma ciudad de Ávila.

Durante el reinado de Carlos VI, Godoy -al que Meléndez dedica tres poemas- forma gobierno y pacta con Napoleón en una alianza exclusivamente militar para vencer al verdadero enemigo de España que según el valido no era sino Inglaterra. Se inició una invasión conjunta hispanofrancesa en Portugal, tras diversos acuerdos entre ambos países como la Cuarta Coa­lición (1806) o el Tratado de Fontainebleau (1807); y tras distintas batallas como la de Trafalgar, en la que se vino abajo la flota hispanofrancesa, o la batalla de Jena en la que Napoleón aplastó a la tropa española que se armaba contra la potencia napoleónica. Pero la conquista del pueblo luso supuso la situación que Napoleón Bonaparte andaba esperando para invadir España. La Corte se traslada a Aranjuez para huir del país o para dirigir la resistencia clandes­tinamente. Finalmente el 17 de marzo de 1808 estalló el motín de Aranjuez por el que se sube al trono a Fernando VII y que consecuentemente supone la invasión napoleónica de España. Para Artola, esta etapa pasa por tres fases: intervención, desmembración y sustitución de los Borbones por los Bona­parte. Por último, el 6 de mayo, Fernando VII abdi­có en su padre, sin sa­ber que éste había renun­ciado al trono, dos días antes. Esto supuso que Napoleón se convirtiera en el soberano de Espa­ña, proponiendo como rey a su hermano José, co­nocido por el pueblo como "Pepe Botella». Napoleón, para ratificar el cambio dinástico y de ré­gimen convocó unas Jun­tas en Bayona de las que resultó la Constitu­ción de Bayona (1808).

Con este escueto cor­te para visualizar el con­texto histórico, volvemos al año 1797, en el que Meléndez es trasladado a la Sala de Alcaldes de la Casa y Corte. A su ami­go Jovellanos le nombran Ministro de Gracia y Justicia. Por entonces, nuestro poeta interviene en importantes causas cri­minales con resultados efectivos.

Se siguen publicando sus poesías, enriquecidas con su experiencia y mez­cla de estilos. Por esta época, Goya le  pinta un retrato con la siguiente dedicatoria: «A Meléndez Valdés. Su amigo Gaya. Tenía 43 años.

En 1800 le acusan de antirreligioso y peligroso para la política. Resultado de dicha inculpa­ción, tanto Meléndez como Jovellanos son de nuevo desterrados a Zamora y desgraciadamen­te, Jovellanos encarcelado en Mallorca. Además su sueldo es reducido a la mitad y padece la grave enfermedad de las fiebres tercianas. Pero la suerte todavía le acompaña y ante las pre­siones de Godoy, Meléndez es puesto en libert2d. Su destino lo elige en Salamanca, donde pasaría seis años. Allí escribió un poema lírico sobre la Creación y traduce la «Eneida».

Meléndez escribe un romance contra las tropas de Napoleón titulado «Alarma Española». En junio acepta el cargo de Magistrado y junto con el Conde de Pinar se dirigen a Oviedo por orden del invasor. Una vez allí fueron detenidos, maltratados y a punto de ser ahorcados se les reconoce inocentes, volviendo de nuevo a Madrid.

Los franceses ofrecen al poeta el cargo de Consejero de Estado y Presidente de una Junta de Instrucción. Pero apenas llegó José I a Madrid, los españoles vencieron a los franceses en la batalla de Bailén (19 de julio de 1808) que trajo como consecuencias el refugio del rey José I en Burgos, la liberación de casi toda España en pocas semanas y la formación de la Junta Central en Aranjuez. El contraataque francés no tardó en producirse, ya que cuatro meses más tarde los franceses se apoderaron de Madrid y a comienzos de 1809 los galos creían haber ganado la guerra. Pero la guerrilla se generalizó por todas partes y finalmente, la insurrección del pueblo tuvo lugar en 1813, año en el que Bonaparte, abandona Madrid y con él Meléndez Valdés no tiene otro camino que el exilio, al igual que otros muchos afrancesados.

En la primavera de 1814 derrotado definitivamente Napoleón por tropas angloespañolas en el sur de Francia, se firmó el tratado de Valencay, que reconocía la independencia de España. Por su parte, al margen de la guerra, se firma durante las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812 en la que por primera vez España se define como una Nación.

Cuando Meléndez llegó a Bayona se puso de rodillas y aún en suelo español pronunció estas palabras: «ya no te volveré a pisar». Una vez en Francia, el exiliado vive en Toulouse. Nimes y Montpellier junto con su esposa y varios compatriotas más. Tras divagar, fija su resi­dencia en Montpellier, en la casa del doctor Fages, donde repasaría las nuevas poesías con profunda melancolía. Pero las puertas se le cierran al publicarse el 10 de octubre de 1814, una orden del Gobierno Francés en la que obliga a los refugiados a no abandonar el país -ley que se anula en 1820 e infinidad de exiliados regresan a sus hogares, contando con el inicio del Trienio Liberal en España-.Meléndez cae enfermo de parálisis y el 24 de Mayo de 1817 tras tomar un té, expiró en los brazos de su esposa Doña María.

Tienen lugar varios traslados del cadáver entre 1817 y 1900, Don Juan Meléndez Valdés fue enterrado en Montpellier, en unas bodegas a siete kilómetros de esta ciudad. Después pasó a la Iglesia de Montferrier. En 1828 el duque de Frías, junto con Nicasio Gallego -amigo de Meléndez- traslada los restos del poeta al cementerio del Hospital General de San Carlos ce Montpellier.

En 1866, concretamente el 6 de mayo, vienen a España las cenizas del ilustre ribereño y son depositadas en la Iglesia de San Justo de Madrid. Y por último, en 1900 se trasladan al Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Isidro con Goya, Moratín y Donoso Cortés. Este monumento se terminó de hacer en el año de 1886, gracias al interés e influencia de Don Manuel Silvela, a cuya inauguración asisten la Reina María Cristina, el gobierno turnista de la Restauración -ideado por Cánovas del Castillo- y las autoridades civiles y militares.